martes, 20 de marzo de 2012

CARTA DE FEDERICO GUERRA
AUNQUE ALGUNAS NUBES SE EMPECINEN EN TEÑIRLO DE GRIS

Crujían las primeras hojas bajo mis pies en el camino al Beranger. Los Andes era el rival de turno y confieso que he sufrido, parafraseando a Neruda, toda la semana pensando en cómo sería jugar un partido tan milimétrico como el que se venía con Lomas. Corté el pasto temprano, nervioso por el pleito que ya en sábado estaba a la vuelta de la tarde… Almorcé tenso imaginando esa jugada hilvanada o aislada que diera la última función en el fondo de la red… Apuré una manzana escuchando el crac de la ropa de los árboles que ya en casi otoño tapizan el verde del suelo de Finky (paso obligado desde Turdera).
Salí temprano. Carné al día. Bono. Platea. Y hasta la cédula de de identidad. Todo en el bolsillo. Faltaba mi viejo de viaje fuera del país pero con el celular mensaje a mensaje preguntando lo obvio: ¿Ya estás en la cancha?
Hasta ahí la crónica de siempre… la de cada clásico, la de cada vez que el gasolero llena de esperanzas e inyecta fervor futbolero en el alma por 90 minutos. Intensidad en la caminata en un día semana gambeteando compromisos o paso lento si es sábado yendo tranquilo por cualquiera de las bandas hasta llegar a ver al cele.
Hábitos de hoy que estuvieron a punto de ser del ayer. En la platea y haciendo tiempo abrí la revista de Todo x Temperley. Nota central que evocaba aquel 1991 del frío eterno que pudo ser dejar de jugar. Cito de memoria ahora sobre el teclado: “Nos juntamos unos 40 en el gimnasio para ver cómo seguía. Habíamos perdido 3 a 0 con Los Andes y nos cerraron el club”, evocaba en el artículo un dirigente de varios que recordaban aquel averno. Junto a ese momento también se sumaron como papelitos que inundaban el césped del glorioso todos los esfuerzos que se hicieron para salir de ese agujero de tumba que fue tener una franja con aviso de remate y un banco con las solicitudes en periódicos de “se rematan cómodas instalaciones…”
Y leí más. Y levanté la cabeza y vi el estadio lleno como nunca. Sólo faltaba la visita. Pero se sabe que por estos tiempos no va a venir (¡es un milagro que todavía dejen llegar a los jugadores visitantes y no se dirima todo por la play de juegos electrónicos!). Lloré. Me acordé de un partido con San Miguel que fui con mi mamá y mi papá y que ganamos 1 a 0 en aquel 1991 cuando eso era algo más que un milagro. Y más atrás esa caminata hasta la puerta en aquel match con Central que canallescamente nos empataron y dieron la vuelta y nos fuimos a la B, platense mediante e injusticia consumada por esos días… Y lo más triste fue no poder estar ahí adentro. Yo era chiquito, 8 años, y mi papá creo que simuló que íbamos a entrar pero las entradas estaban agotadas y revendidas desde hacía mucho…
Pensé que si esa comisión de apoyo no hipotecaba hasta sus propias casas (lo cuenta Edith Pecorelli en ese informe de Juan Pablo Marrón detallado) ese lejano 24 de julio de 1993 –tras dos años, tres meses y once días de persianas bajas– no hubiera sido la segunda fundación de Temperley. Y hoy no habría lugar para el sufrimiento futbolero en esa pelota que caprichosa besa el palo, roza el ángulo o se escabulle en alguna pierna entre la media y el botín del defensor…
Y me emocioné largo con ese relato mientras evocaba un tío querido pero hincha de Banfield que con su voz de fumador me decía que ya Temperley no volvía y que tenía que pensar en otro club a mis 12 años de edad… ¿Quedarme sin club? Esto sólo le pasa al celeste pensaba en el momento en que el Pato Stellini –la eterna voz del estadio- nombró a nuestros once de corrido.
Había fiesta en el Alfredo Beranger. Había color a firmamento y olor a pasión. No había visitantes pero es nimio el detalle si se lo compara con que hace no tantos años no estábamos nosotros ni en esa infame C en la que nos hicieron jugar por que sí, y hoy peleamos para que la vergüenza deportiva no nos lleve nuevamente por méritos de juego…
Pitazo inicial. Mocos en la nariz que quedaban de esa lectura en estado de emoción y ese velocímetro que va más rápido que la velocidad de la luz: ¡los recuerdos!
Fue 0 a 0 con figura de nuestro arquero. Pudo haber sido cara o ceca. Pudo haber sido, hubiera sido. Pero una sola cosa es cierta luego de haber leído ese artículo y reflexionar en esta mezcla de pasiones que es el fútbol y la literatura en la que me permito tomarle prestado algunas ideas a Cortázar: La de la rayuela, y las piedras que el hincha debe saltar en su vida de pasión; y ese intenso color que es mi casa, mi refugio y mi lugar: El cielo… que es celeste y siempre estará aunque algunos días algunas nubes se empecinen en teñirlo de gris.
Federico Guerra.
Socio - Hincha.
Leer más